La dictadura nos había convertido en adictos. El aire estaba pesado, la atmósfera contaminada por lo no-dicho. Sectores que reproducían como autómatas frases del poder hegemónico. Atravesados por el miedo, asesinados por el silencio. El primer engaño del pueblo argentino fue creer que la democracia nos la habíamos ganado. En consecuencia, creer que estábamos en democracia. La democracia de lo no-dicho. Una democracia que sólo requería de los ciudadanos, su voto en la urna. Una democracia que no tenía palabras.

El capitalismo había logrado, dictadura sangrienta de por medio, los objetivos que para los países pobres, había planificado por los años setenta, “construir un sujeto maleable para el siglo XXI”.
La dinámica del capitalismo se hace vertiginosa, incontrolable. Es la imagen azarosa de la bolsa de valores. Para pensar el capitalismo hay que visualizar a esos hombres que están como locos, alzando la mano, viendo números, tomando apuntes, desatando una guerra por el fuego con otros comisionistas para tumbarlos.

La dinámica más virulenta del capitalismo tardío es este modelo neoliberal; y la más espantosa es cuando la competencia se convierte en competencia armada, cuando para competir se hace la guerra. Cuando alguien quiere ganar un mercado y comienza a matar poblaciones, a construir ejércitos o financiarlos. Su tendencia más perversa, su carrera más feroz, es la de la guerra producto de las disputas transnacionales por los territorios y su fuerza de trabajo; por los recursos naturales, y por el dinero en juego.
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Una imagen de sistema donde todo está programado, todo está calculado; por lo que siempre será inevitable preguntarse quién programó todo, quién calculó todo, quién está detrás. Esa imagen lineal, escalonada, por segmentos, es simplificadora y atroz. Más bien, más que hablar de sistema social, de sistema penal, más que hablar de sistemas, parecería más útil que desde el terreno del pensamiento, de la actividad práctica, del hacer y de la idea de transformar -siempre pensando en términos libertarios-, que arribáramos a esa crítica superadora, basados no en la idea de sistema, sino en la idea de que hay convergencias, constelaciones, imbricaciones, de que existen flujos convergentes; en términos marxistas, síntesis de múltiples determinaciones, lo cual no es lo mismo que decir sistema.
Michel Foucault distingue dos maneras del control, aunque él no usaría jamás esa categoría. Hablaba del poder pastoral, que estaría compuesto por un lado, de una anatomía política, singular e individual. La construcción del control, orientado ya no a los individuos sino a las poblaciones.
La mirada clásica del control –paradójicamente decir control es decir algo que niega-, desde el punto de vista de la anatomía política sería: el control me reprime, me tortura, me desaparece, me mata, o me enferma. Desde el punto de vista de la biopolítica, esta imagen negativa del control sería: marginan a un sector social, exilan, desplazan a ciertos sectores de la población, de tal manera que la idea de control sería lo que niega en sentido individual o en sentido social.
Foucault, ha tratado de salirle al paso a esa imagen negativa del poder, y se ha preocupado en cómo el poder fabrica. El poder es positivo, el poder nos atraviesa; dicho de otro modo nos “hace”, y para hacernos no siempre nos tiene que reprimir; es más, no es necesario que nos reprima.
Dice el autor: “el cuerpo humano estaba penetrando en una maquinaria de poder que lo explota, lo rompe y lo rearma. Una anatomía política que también era una mecánica de poder, es lo que estaba naciendo, definía no solo cómo uno podía tener el control de los cuerpos de otro, no sólo para que pudieran hacer lo que uno quiera, sino para que operaran según el deseo de uno, con las técnicas, la velocidad y la eficacia que uno determine. Así la vigilancia produce cuerpos sometidos y entrenados, cuerpos dóciles”.

Existe entonces, un proceso mediante el cual las estructuras de poder, los órganos de control social, nos “hacen”. Pero para esto hay que pasar por fases, en el marco de un proceso nutrido por una lógica interna, lineal. El proceso señala que hay etapas, y dentro de estas también hay instituciones, instancias del control. Un control social primario conformado por: la policía, los ejércitos, las fiscalías, los jueces y, por supuesto, el legislador. A su vez, este proceso tiene una derivación secundaria, las instancias previas: los medios de comunicación, los aparatos de educación, de la religión, de los sindicatos, etc.
Partiendo de este contexto, el colectivo de Comunicación de La Cantora se propuso desarmar el discurso del poder hegemónico encarnado en los sectores populares y trabajar en la construcción colectiva de un discurso propio a través de la recuperación de la palabra y de las redes de comunicación de dichos sectores con el objeto de: recuperar la identidad, la cultura y la dignidad de los sectores más castigados por las políticas neoliberales. Se trata entonces de la construcción de hombres y mujeres críticos, autónomos y democráticos.
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